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Bitty Arbeláez / Gestión social, creatividad y espiritualidad / Colombia

Soy una persona en construcción, con aciertos y desaciertos. Mamá, esposa, mujer, humana, real. Apasionada por crear y despertar conciencias, empezando por la mía. Creo que no es suficiente con cambiar las estructuras si no se cambia el corazón de las personas.

Mi experiencia en un Ashram

Mi experiencia en un Ashram

Mi experiencia en un Ashram

Hace un par de semanas me iba de viaje con mi esposo, íbamos para Ciudad de México, él por trabajo y yo de colada. Aprovechamos para sacar unos días para los dos. Organicé todo: abuelitos cuidando a mi hija, trabajo cuadrado, horarios, planes, toures y demás.

Sin embrago, el día antes del viaje, a mi esposo se le presentó una situación en su trabajo que lo obligó a cancelar el viaje. Como mi viaje dependía del suyo, irme sola a México no era una opción.

Como he aprendido algunas cosas en este caminar, entendí que no podía luchar ni resistirme a esa situación. “Todo pasa por algo” dice el refrán popular. Sabía que si ese viaje se había dañado era, o porque tenía que aprender algo o porque vendría algo mejor.

Así que ese lunes en la noche, muy cansados, nos acostamos a dormir sin darle más vueltas al asunto. Al siguiente día, festivo en Colombia, a pesar de no tener a mi hija, no tener alarma puesta y no tener ninguna razón para madrugar, nos levantamos temprano. Ambos con una sensación medio rara. ¿Y ahora qué? Él tenía que ir a trabajar el resto de la semana a atender los asuntos en su oficina, pero yo sí estaba muy desparchada (sin plan).  

Mil planes se nos pasaron por la cabeza: recoger a mi hija, ir a visitar a mis papas o volver al trabajo; pero algo me decía que debía aprovechar esos días para mí. Inicialmente pensé en irme a un hotel, disfrutar del sol y de un spa. Pero después de pensarlo, llegué a la conclusión de que quería darle un spa, pero a mi alma.

Ya había oído hablar del “Ashram de Villa de Leyva” (Cerca de Bogotá). Llamé al numero que aparece en su pagina web y en la noche del martes, me decidí e hice maleta para irme a Auromira, el lugar donde haría mi especie de retiro.

El miércoles madrugué y emprendí camino. La sola ida ya era un reto, pues iba a manejar las tres horas y media que hay desde Bogotá hasta Villa de Leyva sola, cosa que me generaba algo de ruido. Pero con una convicción álmica emprendí mi camino. Llegué a la hora del almuerzo, y ahí empezó mi aventura en este hermoso lugar.

Auromira es un Ashram fundado y sostenido por Camila y María Elisa, dos mujeres hermosas que impregnan su amor en cada rincón de este sitio. Es un lugar de recogimiento y ha sido inspirado en el legado de Sri Aurobindo y La Madre. Queda en medio de una montaña, circundado por pinos, espejos de agua, flores, arboles y un río que a lo lejos le regala su relajante sonido al lugar.

Cuenta con salones hermosos, llenos de detalles que alimentan el espíritu. El salón de meditación parece más un templo, revestido de una belleza y majestuosidad imponentes. La comida es vegetariana, preparada con productos de la huerta o del mercado local y los dormitorios son súper cómodos. 

Y la experiencia cada quien la vive como quiere. No hay agendas establecidas ni ejercicios determinados. Hay unos espacios conjuntos para compartir, pero son libres. Yo fui sola, porque quería tener una experiencia introspectiva, hacer un trabajo personal y reconectarme con mi esencia divina. A través de meditación, lectura y reflexiones logré mi objetivo. Tuve la fortuna de ser la única huésped durante un par de días, lo que me permitió tener el lugar para mí sola y llegar a un silencio externo que facilitó el silencio interior. Sin embrago,  el lugar es tan amplio, que así haya más huéspedes, no se siente.

Fueron sin duda unos días maravillosos, necesarios y enriquecedores. El trabajo interior fue tan especial, que al salir sentía hasta la maleta más liviana (esto nunca me pasa de viaje, la maleta mágicamente se duplica y pesa más).

Tengo una enorme gratitud con Auromira. Cuando pensamos en ese tipo de experiencias creemos que tenemos que viajar miles de kilómetros, al mejor estilo de “Comer, Rezar y Amar” para encontrar estos sitios mágicos de recogimiento. NO es necesario…

Pero como todo en la vida, sólo hasta que soltamos, nos despojamos del velo que no nos permite ver las riquezas que yacen a nuestro lado.

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