El test de placer
Entrevistas
Historias

Maricarmen Cervelli N. / Directora de Asuntos de Mujeres / Colombia

Soy periodista e internacionalista; también esposa y mamá. Para mi la vida es como es y así tenemos que contarla. Decidí transformar mi oficio de investigar, editar, hacer programas de radio y perseguir noticias, para contar mis propias historias y apoyar a otras mamás con depresión postparto.

Claudia Martelo: Si yo logro que una mamá y un niño se salven ¡Yo estaré feliz!

Claudia Martelo: Si yo logro que una mamá y un niño se salven ¡Yo estaré feliz!

Claudia Martelo: Si yo logro que una mamá y un niño se salven ¡Yo estaré feliz!

Más que una entrevista, esta es una historia para intentar mirarse en ella.

Recuerdo cuando, hace tiempo, la periodista y escritora colombiana Claudia Martelo, nos envió un post titulado: “Mi hijo no jugaba fútbol”. Este texto, que fue publicado mucho antes en su blog, contaba la historia de su proceso, al conocer y reconocer la homosexualidad de su hijo; pero era también, una especie de salida del clóset, no de su hijo, sino de sí misma, de sus creencias, su cultura, sus percepciones y de la sociedad que señala, critica, se burla y juzga a la comunidad diversa.

Con el tiempo, Claudia se dio cuenta de que el fútbol no tenía nada que ver, pero que las mamás, a veces quieren forzar a sus hijos con unos estereotipos, porque “un niño tiene que jugar fútbol” y “una niña debe bailar ballet”.

También se dio cuenta de que: “Uno vive tapando todo, como para quedar bien, porque además, siempre quieres que tu hijo sea lo que tú esperas que sea…”

Con estas y otras historias y reflexiones, además de años de estudio acerca del tema de la sexualidad y la educación, Claudia decide escribir su libro: “Madres del triángulo rosa”, donde plasma sus experiencias, aprendizajes y lecciones como una mamá en medio de un sociedad hostil con los homosexuales.

Esto fue lo que nos contó:

¿Qué cosas sí le gustaban a tu hijo?

Él desde los pañales, en el 94, cuando le regalamos el balón del Mundial de Fútbol, se distraía más con las bolitas de papel moradas que con el balón. Yo veía que le brillaban los ojos cuando lo llevaba al teatro y veía volar a Peter Pan en el escenario; ahí supe que a ese niñito le gustaba eso: el espectáculo, el show, las películas y las series de Barney.

¿En qué momento comienzas a ver “señales” de la homosexualidad de tu hijo y qué sentías con respecto a eso?

Hubo unas escenas de miradas al espejo, que me hacían intuir cosas. Pero uno siente una negación. Uno piensa que ésta es una etapa de exploración y te quedas ahí; pero un día, durante la entrega de los informes del preescolar, la profesora cierra la puerta con un misterio grandísimo y me dice:

-Mira, él es muy bueno; pero hay una cosa que me preocupa: él solo juega con las niñas en el recreo.

Entonces, para que él no sufriera, yo invitaba a las niñas a la casa; pero para no sentir presión externa, también invitaba a los niños o lo llevaba a las cuatrimotos, pero eso no hizo nada.

Me parece curioso que la profesora te haya dicho: “Hay algo que me preocupa” ¿Qué piensas de eso ahora?

Bueno, estamos hablando de hace 20 años atrás.

¿Y tú también te preocupaste por eso?

Claro, también. Uno en ese momento, en el año 1991, después de la constitución, ya se empieza a ver desde otros ojos la homosexualidad. Pero en la parte social no, y la homosexualidad era penalizada, entonces a los padres de buena fe, nos quisieron demostrar que eso era un pecado y era libertinaje y aberración gigante. Yo crecí así.

Nos dijeron que tuviéramos cuidado con los peluqueros, el VIH, todo eso. Y yo quería evitarle eso al niño, y hace 20 años, en un colegio católico, la mirada era diferente. Él igual era querido por sus amigas y amigos, todos lo empezaron a querer así; ya yo no le vi problema a eso, y siempre ese interés por el teatro, la danza y el show siguió, entonces para mí él era el artista y eso lo salvó un poco del bullying.

¿No le hicieron bullying?

Sí, yo describo en el libro que una vez lo patearon y le robaron la billetera y yo perseguí a los niños que le hicieron eso. Y él me cuenta muchos años después, que esos dos niños le hacían bullying, además él tenía muchos problemas de acné y se burlaban porque él se ponía base para taparse los granitos.

Dijiste que tú sentías una negación sobre lo que veías en tu hijo al principio…

Sí, yo era profesora y siempre les decía a mis estudiantes: mi hijo es metrosexual, porque era una convencida de que él era un bohemio y un artista; pero eso realmente era su personalidad y yo trataba de justificarlo.

El hecho de que tuviera novia (con la que duró tres años) y el hecho de haberlo encontrado en una pijamada debajo de las sábanas con una amiguita, me hacía sentirme “más tranquila” y pensar: “El pelao no es nada”.

¿A qué edad fue eso?

Entre los 15 y los 17 años…

¿Y cómo se explica eso?

Es que eso es como un patrón. Ellos no quieren sentirse así, y muchos son lo que los papás esperan que ellos sean o la sociedad, y entonces tienen novias… Con el tiempo se van descubriendo. Yo estudié sexología y educación, y cuando yo preguntaba si nacen o se hacen, llegué a la conclusión de que más bien ellos se descubren.

¿Y qué decía el papá?

Yo me separé de su papá cuando él tenía 7 años y él fue un papá presente, pero educado en una sociedad machista y quería esperar “lo mejor” para él, para que no sufriera…

Llega el momento en el que tu hijo te cuenta… ¿Cómo fue eso para él y para ti?

Tenía 17 años… Mi libro, de hecho, comienza así: “Mami, tengo que hablar contigo”. Yo estaba embarazada y para ese entonces tenía 42 años. El cuarto estaba frío, yo tenía náuseas, él llevaba cinco días sin dormir, porque el suplicio que pasa una persona por contarle eso a sus papás, es una cosa de valentía, es muy fuerte.

Seguro pensó que yo le iba a pegar, lo iba a botar de la casa, le iba a gritar o iba a armar un drama.

Pero es una cosa de mamá. Le dije: No importa, yo te amo.

Me dijo lo que me dijo y se fue de viaje. Por un lado, pensé: ojos que no ven, corazón que no siente, y por otro me quedé afrontando un nido vacío y una nueva realidad.

¿Y cómo lo manejaste después?

Le di un abrazo, le sonreí. Pero comienzas a procesar y comienzas a nacer de nuevo. Porque has sido educada bajo la heterosexualidad y aquí naces y comienzas a quitarte todo, todo lo que esperabas (desde aquella mesa de comedor que compré para que él llegara con su esposa y sus hijos, hasta esas cosas que les dices a tus hijos como: “Cuando ustedes se casen y vengan con sus hijos”).

Esas cosas ya no se las digo a mis chiquitos. Eso fue lo que aprendí: cada frase que creo que puede herirlos, no la repito.

¿Cómo fue el proceso de aceptación de esa nueva realidad?

Me encerraba en el clóset y acudí al terapeuta gratuito que se llama Google (El que mire mi historial, se enteraba de lo que estaba pasando: “Tengo un hijo gay, ¿qué hago?”, “¿puede ser curado?”).

Fui al psicólogo y no sirvió de nada, porque tu vas allá esperando que te digan otras cosas, que eso es una etapa, etc. Sales igual de perdido.

Él se fue y yo me quedé en silencio (creo que le conté a un familiar) y alguien me alcanzó a decir: “Oye, ¿Por qué no haces como los López? Que lo mandaron a Nueva York y solo viene el 24 y el 31 de diciembre, y quedas feliz de la vida”. Yo le respondí: “¡No! Esa no es mi historia, yo compartí mucho con él, veíamos películas, tomábamos fotos, él es familiar y yo no me quiero perder eso”.

Pero igual de eso no se hablaba: don’t ask, don’t tell.

Un día me llamó y me dijo: “Mami, mira mi date…”

Y yo viví otro proceso nuevo, porque yo creía que eso nunca iba a pasar. Una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa.

Me costó trabajo entenderlo.

Pero hubo un detonante…

Sí, un día mi hijo trajo a unos amigos para la casa, y yo no sabía si eran pareja o no.

Yo los observaba con muchos prejuicios. Llegó un pelao y le noté una tranquilidad, seguridad y confianza en sí mismo, un orgullo impresionante. Él y yo nos conectamos de una vez, porque en el fondo yo quería conectarme con él para entender esto, me parecía increíble su personalidad y él demuestra de entrada su homosexualidad.

Antes del año de yo haberlo conocido, supe que se había muerto su mamá, entonces me empeliculé porque pensaba: ¿cómo la única persona que lo ha apoyado, se va? Entonces decidí acompañarlo en su duelo.

Y un día me contó de la conexión que él y mi hijo tenían con sus respectivas mamás. Entonces ahí empecé a darme cuenta de que las mamás éramos un apoyo demasiado importante y yo empecé a investigar más y él me contó que desde que era pequeñito, la mamá le celebraba cumpleaños de princesa, lo amó como era, lo ayudó ¡Y yo no había hecho nada de eso!

Con razón estos pelaos están muertos de miedo: yo comprándole un balón de fútbol a mi hijo y a él ya le celebraban su fiesta de princesa.

Pero no fue tu culpa…

No, yo estaba en una sociedad diferente, pero ahí empecé a darme cuenta de que el apoyo de uno es fundamental. Para que estos pelaos sean tan seguros y empoderados, siempre hay alguien detrás que los escucha, los acompaña y los comprende.

Yo estuve ahí y lo apoyé, en medio de mis prejuicios. Para mí conocer a este pelao me demostró que hay otra vida y otra manera de ver esto, después de tres años de silencio.

¿Cómo fue la Claudia después de eso que pasó?

Fue algo mutuo, porque mi hijo percibía que yo estaba más abierta y él sentía la confianza de contarme, y se había abierto más. Cuando yo viajé a su casa, me presentó una pareja que tenía y ya era como mi debut en esto, fuimos al comer, fuimos al aeropuerto y todo normal. Mi hijo espectacular.

Y ya no te sentías rara…

No, era como una pareja heterosexual; exactamente lo mismo.

¿Cuál ha sido la posición de sus hermanos y tu familia?

Yo aboné el terreno para que aquí todo el mundo estuviera perfecto. Las hermanas son las más abiertas, y por lo tanto las que más apoyan. Pero en el chat familiar, lo evitaba para que no dijeran nada, porque tú sabes cómo es el machismo. Su papá también tuvo que pasar el proceso, también luchó, estaba educado con un machismo terrible y tuvo que esforzarse.

Has dicho que la sociedad ha sido muy dura, muy cerrada…

En Barranquilla hay mucha homofobia, yo veo que en Medellín caminan libremente por las calles, en Bogotá se habla del tema… Aquí no conozco a nadie que tenga dos mamás, por ejemplo, no lo he visto nunca.

¿Y cómo te enfrentaste a esa sociedad tan señaladora?

Bueno, yo un día viajé a casa de mi hijo y me invitaron a una fiesta. Lo primero que yo pensaba era: aquí va a haber crack y orgías, y resulta que fue una fiesta de lo más espectacular, normal. Nos dieron unas máscaras y yo pensaba que era para de la fulana orgía, y resulta que era para tomarnos fotos instantáneas en la hora loca, como todos los matrimonios (risas).

Los anfitriones era una pareja normal, exitosos, una gente espectacular ¡Lo que no hacen mis hijos heterosexuales, que jamás me llevan a una fiesta! Entonces mi hijo me presentaba: “Esta es mi mamá”.

Yo regreso de Estados Unidos, montada en mi película de que todo eso era normal. Era un mes de agosto y me toca en Barranquilla el mes de las marchas homofóbicas de las familias.

Yo, que llegué en paz y amor, y en esos chats donde yo estaba, decían: “Hay que orar, el mundo está lleno de homosexuales”. Yo no podía con eso.

Entonces me salí de ese chat y fue en ese momento cuando se dio mi verdadera salida del clóset. Les dije: “Niñas, esto no es de hablar por aquí. Cálmense y relájense”. Ellas seguían con sus comentarios: “Dios creó a varón y hembra…” Así que les dije finalmente: “Mi hijo es gay, yo soy la mamá más orgullosa. Quizá ustedes me van a quitar el habla, pero la verdad nos hará libre”. Y me salí.

¿Y entonces? ¿Te desterraron?

Fíjate que fueron apoyadoras, empezaron a escribir por el interno con un discurso: “Yo tengo un amigo gay”, “Yo no puedo dejar de tener amigos gais, porque yo necesito el blower”. Aunque algunas sí fueron sinceras, porque entiendo que hay mucha falta de información.

Había sido un episodio incómodo, pero yo estaba metida en lo mío y estaba empeliculada con esto, y no dejé de hablarle a nadie. Veía lo de las marchas, veía los cambios que se avecinaban en la educación sexual, pero que siempre echaban para atrás, porque hay mucho miedo de hablar de esto y yo necesitaba saber cómo explicarles a mis hijos chiquitos, que nosotros sí somos una familia diversa.

Decidiste escribir tu libro, sabiendo que lo ibas a exponer a él…

Yo siempre le consulté en todo momento que si podía hacerlo. Le mandé una copia y hubo un momento en que no le interesaba, pero tiempo después me dijo: Mami, pilas; que vas a hacer el libro. Ya en México hay una mamá que lo está haciendo”.

Yo le cogí la caña y dije que había que hacer esto rápido porque me parecía muy importante.

De hecho, el libro habla más de mi vida, porque yo ni siquiera menciono su intimidad.

Más bien esto es la historia de una mamá, cómo viví yo mi proceso.

Tú como mamá ¿Cómo ayudas a empoderar a tu hijo?

Sin misterio, sin rumor, sin chisme, sin morbo. Esto ha sido mi caso personal y todo el mundo tiene formas diferentes de llevar esto. Pero hay niños que están expuestos a depresión, suicidio y profesores de religión que le están diciendo que están pecando, entonces crecen con ese trauma. Lo vi en mis estudiantes.

Ahora estoy pendiente de las zonas más vulnerables, de gente que necesita ayuda.

¿Por qué “Mamás del triángulo rosa”?

El triángulo rosa tiene que ver con el holocausto. Viene de historias no contadas y era el distintivo que llevaban los homosexuales en los campos de concentración: un triángulo invertido. Los crímenes y lo que pasa con estas personas, es una cosa durísima de contar, pero también son historias tapadas, así como yo comparto estas historias que son poco contadas, y hago esa comparación un poco exagerada.

Porque las mamás somos las que recibimos las balas…

¿Somos las mamás las que llevamos el triángulo?

Sí… Porque lo consentiste, por genética, por todo hay culpa..

¿Se te han acercado mamás después de la publicación de tu libro?

Esto ha sido una cosa increíble. Me llamó una mamá después de la entre en la W, y me dijo: el universo te puso en mi camino, porque hay casos de rebeldía, violencia familiar.

Hay muchos casos que yo remito para que me ayuden a manejar adecuadamente la información, pero en términos generales digo:

Si tu hijo es gay, coge esa bola de prejuicios, arrúgala y échala a la caneca y ámalo. Es tu hijo, tú le prometiste la vida a ese ser, cumple tu promesa, no te avergüences de tu propia carne, esto es una realidad de la vida.

¿Cómo podemos hacer como sociedad para trabajar estos prejuicios?

Falta mucho todavía.

Nosotros debemos empezar a ser amistosos en nuestros hogares, mi casa que sea un sitio de bienvenida para los amigos de mis hijos, en el colegio tampoco podemos esperar que haya esos cambios, entonces tienes que empezar por tu hogar.

Yo empecé por el mío y empecé a escribir el libro, y la rectora del colegio lo leyó para darse cuenta de cuánto sufren los pelaos por esconder su realidad.

Por eso cito a Harvey Milk: “Salirse del closet es el acto más político que puedes hacer”

¿Cómo te sientes hoy?

Yo cambié. Soy una persona totalmente abierta y se me quitaron los prejuicios.

¿Y tus amigas, y la gente del chat, y el colegio?

Yo siempre he sido un bicho raro y con pocas amigas. Mi segundo esposo, conservador también, pero con un corazón muy grande, vivió todo lo que yo sentí, todo está contado en el libro, él lo sabe, entonces fue también para él un proceso de aceptación.

Mi otros hijos no dicen nada. Aprendí que hay que decirles y explicarles sin misterio y sin morbo, solo lo que ellos preguntan. Lo aprendí de la pediatra Beatriz Ospina, quien me dijo que a los hijos hay que hablarles de la diversidad de raza, color, preferencia sexual, desde los 4 años.

Eso sí, no puedes darle una información que ellos no pregunten.

Esto se ha hecho más visible, y eso ayuda a verlo con mas naturalidad.

¿Te da miedo lo que pueda pasar con el nuevo presidente de Colombia en términos de leyes, avances?

Yo creo que los derechos humanos se están trabajando. Pase lo que pase, lo importante es mi hogar y mi entorno, un entorno amigable, libre de discriminación y los amigos que voy a escoger, van a ser así como yo. Siento que hemos avanzado mucho como para echar para atrás.

¿Qué le dirías a una mamá de un hijo que acaba de salir del clóset?

Que le dijera a su hijo: “No me has decepcionado, gracias por confiar en mí, me siento orgullosa por tu sinceridad”.

¿Qué le dirías a esa misma mamá que le tiene que comunicar a su familia, amigos, esta nueva realidad y le preocupa el qué dirán?

Que siempre anteponga el amor a su hijo al qué dirán. Que no pierda tiempo, porque se podría arrepentir del tiempo perdido. No desperdicies ni un momento con él en familia y nunca lo apartes.

Claudia… ¿Por qué tenemos que comprar tu libro?

Porque esto tiene que cambiar. Porque los hogares todavía están cerrados, todavía hay niños que no se atreven, aulas de clases donde el pelao sufre, hay suicidios. Si yo logro que una mamá, un caso, un niño se salve ¡Yo estaré feliz!

Fotos: Juan Sebastián

 

 

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