El test de placer
Entrevistas
Historias
Raquel Tello

Lectora y escritora / España

Periodista de formación aunque no de vocación. Confundí el amor por las letras con una profesión marcada por las prisas y la ingratitud. Tengo una afición, desde niña, que es escribir. La abandoné durante mucho tiempo, hasta que el año pasado decidí por fin retomarla. Para obligarme a no volver a meterla en el cajón del olvido, creé un blog, mi pequeño bebé, www.raqueltello.com, donde escribo sobre mujeres, de nuestra realidad, vistas desde nuestro prisma. Hay una gran cantidad de mujeres que nunca han leído, y que están dispuestas a devorar historias que conecten con nuestro universo, sobre todo en lo que tiene que ver con las relaciones de pareja.

CAPÍTULO XVI: A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Resumen del capítulo anterior: Ante la difícil decisión que tiene que tomar, Mariángeles recurre a su amigo Fede para que le aconseje acerca de lo que debería hacer y éste le sugiere que no tenga miedo a dejarse guiar por su corazón.

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Volví a casa por la mañana temprano, después de una reparadora velada de conversación con mi buen amigo, en la que acabamos dando sobrada cuenta de una tarrina de un kilo de helado de chocolate negro y varias copas de mojito casero que Fede preparaba a la perfección.

Puse el móvil a cargar –me había quedado sin batería la noche anterior al poco tiempo de llegar a casa de mi amigo–, me preparé una cafetera enterita, y me dispuse a hacer limpieza general en el piso después de comprobar que Verónica no estaba en casa.

No hay nada como ponerse a limpiar como una loca para mantener la cabeza ocupada.

Cuando acabé con el zafarrancho, antes de meterme en la cocina para hacer algo de comer, consulté mi móvil. Tenía cinco llamadas perdidas y unos trescientos mensajes de whatsapp de Rodrigo. No recordaba que había puesto el móvil en silencio antes de que se quedara sin batería. Fui a los mensajes, todos del tipo “Mariángeles, por favor, cógeme el teléfono” hasta el último, que decía “voy para tu casa”.

¿Qué? ¿Cómo?

Miré la hora del mensaje. Doce cuarenta y cinco. Me miré en el espejo del recibidor. ¡Coño! Tenía como mucho diez minutos para adecentar mi pinta de loca que acaba de fugarse del psiquiátrico.

Recogí la escoba, la fregona y los trapos de limpiar y me metí rápidamente en la ducha. Cuando salí, caí en la cuenta de que aún no tenía clara mi decisión, ni cuál iba a ser mi actitud cuando Rodrigo llegara, y eso lógicamente condicionaba lo que debía escoger para ponerme. Opté por un vestido de algodón de canalé entallado y unos zapatos planos. Algo que pudiera pasar por “acabas de sorprenderme y me pillas así de divina, de andar por casa”. No había acabado de recogerme el pelo en un moño cuando sonó el porterillo. Se me cayeron las horquillas en el lavabo de los nervios y con las manos temblonas respondí:

–¿Quién es?

–Baja –me respondió él autoritario.

–No puedo –me escuché decir.

–Pues abre. Subo yo.

–No estoy segura…

–Mariángeles –me interrumpió–, o abres ahora mismo o voy a empezar a cantarte una serenata por el balcón para que se enteren todos los vecinos.

La imagen de Príncipe Encantador cantándome como un trovador se dibujó en mi imaginación y he de reconocer que a una parte de mí le habría encantado la escena.

Pero enseguida, mi lado racional pulsó el botón de abrir y escuché el portal de edificio abrirse y cerrarse. No sé cómo no me dio un infarto mientras esperaba a que Rodrigo llegara a mi planta, porque el corazón me latía a más de mil y seguía sin saber qué iba a decirle.

Sonó el timbre de la puerta y suspirando hondo, abrí.

Rodrigo, apoyado con el brazo derecho en el marco y la cabeza mirando al suelo, levantó la mirada y me clavó sus ojos. No había en ellos rastro de súplica, estaba claro que no venía a rogar. Más bien parecía enfadado, ¿pero con qué derecho? Yo le sostuve la mirada, desafiante, sin decir nada, sin invitarle a pasar siquiera, aguantando el tirón hasta que no tuvo más remedio que romper el silencio. Tomó aire y suspiró, parecía querer calmarse antes de hablar.

Sólo te diré una cosa –a esas alturas, las piernas me temblaban como una montaña de gelatina mágica–. Puedes ignorarme durante las dos próximas semanas, pero te aseguro que voy a seguir persiguiéndote hasta que me llamen para embarcar. Tú decides: o intentamos disfrutar del tiempo que nos queda juntos, o vives con mi sombra pegada a tu espalda.

Me divertía su determinación. Estaba segura de que había intentado sonar amenazador, pero realmente había sonado desesperado.

–Rodrigo, yo no tengo claro…

No pude terminar la frase. Dio un paso adelante y me sostuvo la cabeza entre sus manos, manteniéndose a menos de un centímetro de mí.

–No pienso quedarme de brazos cruzados mientras sales de mi vida antes de tiempo.

Me iba a dar una taquicardia, ¡así era imposible resistirse! Me dije “¡a la mierda!” y estrellé mi boca contra la suya. Mis manos le rodearon el cuello, enredé mis dedos entre su melena leonina que me volvía loca mientras él me devoraba con una voracidad caníbal. Cerré la puerta de la calle con la pierna de un empujón y Rodrigo me llevó en volandas hasta mi habitación. Nos desnudamos con una fogosidad recién estrenada para ambos, así, con las persianas levantadas y a plena luz del día, me estampó contra la pared y se fundió conmigo con esa ansiedad que sólo da el saber que la despedida queda dolorosamente cerca.

¿Y ahora qué? ¿Cómo van a pasar esas dos semanas? Será ella capaz de disfrutar de la relación o está condenada a sufrir de antemano? ¿Y Rodrigo? Se mantendrá firme en su decisión de marcharse o será capaz de dejarlo todo por ella? ¡Tendremos que seguir leyendo!

 

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Photo by Kate on Unsplash

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