El test de placer
Entrevistas
Historias
Raquel Tello

Lectora y escritora / España

Periodista de formación aunque no de vocación. Confundí el amor por las letras con una profesión marcada por las prisas y la ingratitud. Tengo una afición, desde niña, que es escribir. La abandoné durante mucho tiempo, hasta que el año pasado decidí por fin retomarla. Para obligarme a no volver a meterla en el cajón del olvido, creé un blog, mi pequeño bebé, www.raqueltello.com, donde escribo sobre mujeres, de nuestra realidad, vistas desde nuestro prisma. Hay una gran cantidad de mujeres que nunca han leído, y que están dispuestas a devorar historias que conecten con nuestro universo, sobre todo en lo que tiene que ver con las relaciones de pareja.

CAPÍTULO XI: LA DESPEDIDA ES UN DOLOR TAN DULCE…

Resumen del capítulo anterior: Rodrigo lleva a Mariángeles a un saliente de la montaña, con unas vistas espectaculares de la playa. Allí, le dice que es absolutamente normal tener miedo ante lo desconocido que está por venir y acaban besándose por primera vez.

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Nos montamos en la moto de vuelta a Barcelona, en esta ocasión, enganchada yo como una garrapata a su cintura, sin ningún tipo de complejos. Ya la había fastidiado, otra vez. Dejarme besar por Rodrigo había sido una rendición en toda regla.

Era sorprendente cómo con ese simple beso –y digo simple en el sentido de “cosa sin artificios” porque besaba de maravilla–, había conseguido que relegara al Jurásico mi actitud de no quiero hombres. A partir de aquel momento, yo sólo soñaba con dejarme querer por mi Príncipe, y todo el deseo de días anteriores de que desapareciera de mi vida se me antojaba ahora como la peor pesadilla.

Ya en la ciudad, en el primer semáforo que paramos, giró su cabeza y me dijo: “Acabo de caer en cuenta de que no puedo llevarte a casa. No sé dónde vives”. Nos echamos a reír y le hice de guía hasta mi edificio. Me bajé de la moto, él no apagó el motor y permaneció montado. Le devolví mi casco y se quitó el suyo para despedirse.

Con toda la naturalidad del mundo, me incliné para besarlo, y Rodrigo respondió pasándome el brazo por la cintura. Se suponía que las despedidas tenían que ser breves, pero si más veces nos retirábamos, dando por sentado que sería la última vez, más veces volvíamos a por más, hablándonos en voz muy baja y riéndonos de aquella tontería que no nos dejaba irnos a dormir.

La mano de Rodrigo en mi espalda me quemaba y hubiera querido que la metiera por debajo de mi vestido, pero eso hubiera sido demasiado para una primera cita, ¿o no?

Por suerte para mí, fue él quien hizo alusión al tema, pegando su frente a la mía, y con una sinceridad pasmosa:

Me quedaría toda la noche besándote.

–Yo también –le respondí con un tono empalagoso que no reconocía–. Te invitaría a subir, pero pensarías que soy una descarada facilona.

–¿Facilona tú? –me reprochó –. Si no hubiera sido por Fede, no estaríamos aquí, y creo que no tienes ni idea de lo difícil que ha sido sacarle la información.

¿Así que Fede había opuesto resistencia? Me anoté perdonar a mi amigo mañana, pero ahora no quería distraerme.

–Bueno, aún así, el protocolo de las primeras citas exige que no se traspase el umbral de un casto beso –continué.

–Me acabas de alegrar la noche.

–¿Y eso? –me retiré un poco ofendida en mi orgullo, sorprendida por su respuesta.

Él paladeó cada palabra mirándome fijamente a los ojos.

–Oficialmente, ésta es nuestra segunda cita.

¡Era cierto! ¿Cómo no había caído en cuenta? Supongo que cualquiera pensaría que era una idiotez que me importaran tanto los patrones sociales, y que estuviera dispuesta a sacrificar la promesa de una noche loca por el “qué dirán”.

Pero yo era una chica del sur, una región con fuertes tradiciones, donde se sigue midiendo la reputación de una mujer por el tiempo que tarda en meterse en la cama de un hombre.

–Entonces, ¿puedo invitarte a que subas?

–Por dios, hazlo, nena.

Me eché a reír, su ruego sonaba realmente desesperado. Pero entonces caí en cuenta. Yo compartía piso con Verónica, a mí no me importaba, entre nosotras teníamos nuestro código, pero debía avisar a Rodrigo.

–Te recuerdo que tengo una compañera de piso, que a estas horas debe de estar dormida.

–Prometo ser muy silencioso.

Nunca una promesa me había sonado tan bien. ¡Dios, me moría por echar un polvo, y no creía que estuviera a punto de hacerlo con Rodrigo! Mientras apagaba y amarraba su moto, repasé el estado mental de mi depilación y de mi ropa interior. No había previsto aquella cita y nunca supuse que la noche pudiera acabar así. La depilación estaba pasable pero la ropa interior era de esas cómodas de algodón, cero libidinosa. ¡Tendría que encontrar el hueco para cambiarme antes de que me desnudara!

Subimos hasta mi piso con él detrás de mí agarrado a mi mano. El corazón me latía a dos mil por hora, estaba nerviosísima por lo que estaba a punto de hacer, pero me podían más las ganas. Era inútil resistirme, ¡había probado sus besos y quería más!

Giré la llave, intentando hacer el menor ruido posible. El interior del piso nos recibió a oscuras. Guié a Rodrigo de la mano hacia mi habitación, pidiéndole que fuera cuidadoso. Paramos en la cocina para coger una botella de agua y le mostré donde estaba el baño.

Mientras él entraba, aproveché para lanzarme sobre mi cajón de lencería y esconderme disimuladamente uno de mis mejores conjuntos bajo la ropa. Cuando regresó, le di un beso rápido en los labios, le pedí que se pusiera cómodo y me encerré a asearme un poco y a ponerme absolutamente irresistible para el Príncipe que me esperaba en la puerta de al lado.

¿Cómo será esa primera noche de amor entre Rodrigo y Mariángeles? ¿Seguirán adelante o puede ocurrir algo que estropee lo que está a punto de suceder? ¡La semana que viene lo sabremos!

Lee el capítulo 10: El príncipe de los silencios

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