El test de placer
Entrevistas
Historias

Patricia Rosas-Godoy / Directora de de Asuntos de Mujeres / España

Soy una periodista venezolana viviendo en Madrid, trabajadora incansable y estudiante vitalicia, emprendedora innata, inventora profesional. Odio las injusticias, amo el café con leche y soy una mujer real que ama, siente y padece.

Anna Vaccarella, “Renacida” después de su enfermedad y con un mensaje de fe y sanación

Anna Vaccarella, “Renacida” después de su enfermedad y con un mensaje de fe y sanación

Anna Vaccarella, “Renacida” después de su enfermedad y con un mensaje de fe y sanación

No puedo negar que, cuando supe que entrevistaría a Anna Vaccarella, me puse un poco nerviosa. Tendría la oportunidad de hablar largo y tendido con mi primera referencia, a quien imitaba con el cepillo de casa como micrófono mientras jugaba a ser periodista.

La conversación superó mis expectativas con creces, me encontré con una mujer íntegra, amable, humilde y con mucha luz.

Anna Vaccarella nació en Cagua, Aragua (Venezuela) y a los 17 años de edad se mudó sola a Caracas para estudiar Periodismo, una experiencia que recuerda como muy dura, en sus palabras: “Pasé 1 año llorando. Fue un proceso muy difícil para mi, sobre todo asumir mi independencia. Mi mamá, que siempre ha sido una mujer muy fuerte, me alentaba a que me quedara en Caracas, mientras que mi papá me rogaba que me devolviera, porque no me quería ver sufrir”.

Con tan solo 21 años, llegó su primer trabajo en televisión, convirtiéndose en la corresponsal para la zona central del país, del extinto canal de Venezuela, RCTV, donde, según nos cuenta, empezó a vivir ‘la maravillosa aventura del periodismo’.

Con 24 años, Anna se convirtió en la presentadora del programa de periodismo social más reconocido del país: “Alerta”, un programa con altísimos números de audiencia, que recuerda como el reto profesional más importante de su carrera: “Era un programa intenso, de denuncia social, denunciábamos realidades para ver si los gobiernos se ocupaban de eso. Fueron 5 años muy intensos, donde recorrí todo el país y aprendí muchísimo, y me marcaron en el tipo de periodismo que me gasta hacer”, comenta.

En el año 2015, Anna Vaccarella es diagnosticada con Linfoma no Hodgkin en estado avanzado, una enfermedad que la llevó a Nueva York a practicarse un trasplante de médula.

Desde ese momento, ha vivido un proceso que ha transformado su vida y su misión para siempre. Por eso, hablamos con esta fabulosa periodista sobre su proyecto “Renacida”, su maternidad, su enfermedad y su vida profesional.

 

Y así comenzó nuestra conversación

 

 

– ¿Eras consciente del peligro que representaba conducir Alerta?

 

No era consciente del peligro. Lo que quería era comerme el mundo, y de una manera romántica creía que con el periodismo me convertía en una súper mujer, que iba a defender a tanta gente, y que gracias a mi trabajo iban a cambiar las cosas en el país. Cada programa era un reto. Estuvimos en las cárceles más peligrosas del país, sin ninguna protección. Estuvimos en la frontera, estuvimos en los barrios y hasta metidos en El Guaire.

 

– ¿Sigues siendo aquella idealista, soñadora?

Las cosas positivas en nuestra vida debemos preservarlas y defenderlas. Nunca me he permitido acostumbrarme a la maravilla, nunca me he permitido dejar de soñar y sentir que nada vale la pena. Claro, en la medida que pasan los años vas adquiriendo madurez, y la madurez te hace tener una visión de conjunto un poco más completa, aterrizada. Pero sí, claro que creo en la gente, apuesto todo por un proyecto o una causa. Por eso “Renacida” me tiene tan entusiasmada, porque al final es la canción que siempre quise cantar.

 

 La maternidad de Anna

 

– Entiendo que ser mamá no fue fácil para ti… ¡Pero ahora eres mamá de morochas! ¿Cómo fue el proceso?

El regalo más grande de la vida, además de la salud, han sido mis dos hijas. No fue fácil tenerlas porque esa vida tan intensa a nivel profesional, que me dio tanta proyección en el país, tuvo un costo elevado. ¿Parejas? Bueno, sí, algunas, pero matrimonio, ni hablar. Una mujer que está todo el día del timbo al tambo, que no está más de una semana en ningún lugar, y que vive por y para la noticia, va postergando la decisión de tener familia.

Yo me casé a los 37 años y comenzamos en ese momento a buscar bebés, llegué a hacerme 7 tratamientos in vitro. Fue tenaz ese proceso donde yo soñaba y quería ser madre, y no lo podía lograr. Por un lado estaba el tema de mi edad, pero también había algún problema de parte de Román (Lozinski,), entonces fuimos directo al in vitro. A medida de que iba un fracaso tras otro fracaso, dolía mucho más. Fue muy duro hasta que en el intento número 7 quedé embarazada de unas morochas maravillosas que ya tienen 7 años.

 

Estás en TV, en Radio, haciendo Renacida, ¿cómo compaginas eso con la maternidad?

 

Pobrecitas mis hijas, los cuadernos los forro al revés (jajaja). El don de la memoria no lo tengo, antes tenía un poco, pero luego de la quimioterapia le dije a mi doctora: ‘Maria Alejandra, confírmame esto: ¿La quimio anula la memoria?’ ¡Y me dijo que sí puede interferir!’ (jajaja) Pero aquí voy, organizándome mucho, escribiendo, anotando, porque es de todo un poco, son muchos roles y una nueva misión de vida.

 

– ¿Cómo es ser una mamá trabajadora? ¿Sientes culpa?

Sí, mira, de verdad, la culpa siempre está ahí. Ellas están acostumbradas a que mami trabaje, porque yo trabajo desde que ellas nacieron. Siempre, gracias a Dios, he tenido ayuda, una niñera que me ayuda con ellas, pero trato de estar la mayor cantidad de tiempo con ellas. Claro, hay viajes, hay compromisos y, sí, ahí hay una culpa que nos acompaña, pero no es algo que me quite el sueño, porque entiendo que es algo por y para ellas.

Ellas se sienten orgullosas de mami, ellas saben que mami habla en público, que algo de ‘renacida’ es, pero al final es una lección de vida para ellas, para que comprendan que ser mujer es ser integral, no dedicarse a una sola actividad y no limitarnos, porque definitivamente tenemos demasiadas capacidades.

La enfermedad de Anna

 

– ¿Te sentías mal? ¿Cómo supiste que estabas enferma?

Sí, yo desde los 45 años, comencé a sentir calorones. Ya a mí me habían anunciado que, cuando te sometes a tratamientos de fertilidad, se altera todo el ciclo natural de la menopausia y las menstruaciones. Cuando empiezan los calorones yo voy al médico, me dice que estoy en una fase de pre-menopausia (para que sea considerada menopausia la mujer debe tener un año sin regla, y ese no era mi caso).

Luego, a los 46, en agosto de 2014, empiezo a acumular varios meses sin regla, vuelvo a asistir al ginecólogo y también al endocrinólogo y ambos me dicen que estoy en menopausia. En enero de 2015, tengo un sangramiento un tanto raro, no se parecía en nada a mis reglas, pero yo se lo atribuí también a la menopausia.

En esta vida acelerada yo no tenía tiempo ni de verme al espejo. Recuerdo que en mayo de ese año fuimos a la playa y me veo en traje de baño, me digo ‘Caramba, qué barrigona estoy’, por eso te digo que yo no tenía tiempo de verme en el espejo y notar que algo estaba cambiando en mi cuerpo y debía haberlo atendido, pero por aquella cosa de las niñitas, el colegio, el trabajo, los compromisos, esa vida de demasiada exigencia, demasiado acelerada, complicada, en una Venezuela difícil.

Estábamos un día los 4 viendo tele en la cama, una de las gorditas se me sube al vientre y yo pego un grito del dolor, me extrañó mucho, y al día siguiente me empieza un dolor en la boca del estómago muy fuerte, que me hace ir al gastroenterólogo. Cuando me está haciendo el eco, me pregunta si yo siempre había tenido el útero tan grande, prácticamente no me deja vestirme y me remite a un ginecólogo (que resultó ser oncólogo) en la misma clínica. Inicialmente creímos que era una inflamación en las trompas, luego de unos días volvieron a aparecer los dolores en el estómago. El 20 de julio me internan de emergencia, el médico, un amigo de la familia, estaba más nervioso que yo.

A partir de ese momento no levantaba cabeza, un diagnóstico era peor que el otro.

 

Entre que te empezaron los calorones y te diagnosticaron la enfermedad, fuiste al médico varias veces. ¿Se desarrolla la enfermedad en un período tan corto de tiempo?

Al principio pensaban que era cáncer de ovario. Linfoma es ‘sangre’, cuando se sufre de linfoma (Hodgking o No Hodgkin) la sangre está regada por todo el tiempo. Cuando me operan y me abren, ellos piensan lo peor y me hacen la histerectomía.

Cuando es linfoma todo se riega muy rápido

Y, sí, yo seguí las instrucciones que me dieron desde el, por ejemplo ‘Ana, tienes la menopausia, esto va y viene’, y eso jugó en mi contra.

¿Sabes qué es terrible? El momento en que ves a tu mamá, a tu esposo, a tu hermano, salirse de la habitación para poder llorar. Yo los veía mocosos, tratando de poner una cara alegre, en paz, cuando lo peor estaba por comenzar.

 

– ¿Qué pensaste cuando te confirmaron el diagnóstico?

En mis hijas. Ellas, que tenían 4 años, estaban en un campamento vacacional y papi las llevó a ver a mami porque ellas no entendían qué es lo que estaba pasando conmigo. Recuerdo que llegaron con sus camisas del campamento todas ‘sucitas’, no se atrevían a tocarme y a acercarse, pero tampoco podían hacerlo. Recuerdo que ese día Román me dijo que era la primera vez que veía a sus hijas tristes, a tan corta edad, caminando sin alzar la mirada, sin entender nada.

También me pasó que, mientras estaba adentro del tomógrafo, el Dr que estaba haciendo la prueba, un señor mayor muy cariñoso y cálido, me puso las manos en los hombros y me preguntó si era alérgica al yodo. Aunque no sé nada de medicina, sí sé que cuando quieren ponerte contraste es porque lo que están viendo no está bien y quieren detallar más, y en ese momento me pasaron por la cabeza tantos agobios sin sentido, tantas angustias que no tenían ninguna razón de ser, tantos insomnios perdidos, tantas discusiones vacías….

Cada día después del diagnóstico sirvió para entender lo esencial, entender lo equivocada que estaba, lo acelerada que iba. Yo siempre hablo de que la enfermedad me lanzó al hombrillo de la vida, y desde ese hombrillo comencé a ver lo rápida y desbocada que iba. Comencé a ver que lo más grande que tenemos los seres humanos es la salud.

 

– Todo en tu vida tomó otra dimensión en ese momento

 

Imagínate, estuve casi un año sin tener equilibrio para poder ponerme la ropa interior, las paredes se transforman en tus aliadas. No podía cargar a mis hijas.

Pensaba en todas la veces, que las morochas lloraban para que mami las cargara, ¿Cuántas veces estaba yo harta, cansada, que no podía más y no lo había? Y luego, cuando estaba en el proceso y las niñitas me pedían que las cargara, y yo les decía que no las podía cargar, y llorábamos las tres en el piso.

Yo pensaba ‘Dios mío, qué necia, qué vacía’. Estaba en otra dimensión. No entendí lo bello, lo maravilloso que es cargar a tu hijo todas las veces que sean necesarias, ser la persona más importante para tu chiquita, ser esa mano mágica que le sana las heridas, que se vengan a tu cama y te acurruquen, estuve casi 5 meses sin tocarlas, sin olerlas.

 

 

 

– ¿Te sentías a ciegas?

 

Para nosotros los médicos son una referencia, vamos a que nos digan qué tenemos y cómo nos curamos. Pero cuando el médico se transforma en una interrogante más, cuando te dicen que el tratamiento que te recomienda solo ha funcionado en el 60% de los casos, es demasiado duro.

Cuando yo me despido de mi amado Sergio Giralt, médico venezolano, que comando el centro de trasplante de médula ósea de adultos en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, me dice ‘Bueno, Anna, vamos a esperar un año, los dos primeros son los más riesgosos’ Es duro, es muy difícil.

 

– Un trasplante en Estados Unidos es muy costoso, ¿Cómo lograste hacértelo ahí?

 

Te cuento, como quedé embarazada con 41 años, se consideraba que era un embarazo de alto riesgo, por lo que decidimos comprarnos un seguro internacional.

En 2015, ya las morochas tenían 4 años, todo había ido bien, y para mí la salud no era un tema importante, yo nunca he fumado o bebido, hago ejercicios, mi alimentación ha sido sana toda la vida, para mí la salud no era un tema, yo no le daba gracias a Dios por mi salud, no rezaba por mi salud. Daba por sentado que la salud estaba ahí, así como el color de la piel. Por lo que, cuando llega el momento de renovar la planilla, yo le digo a Román que no lo haríamos, era un seguro en dólares, y la situación en Venezuela era cada vez más complicada.

Cuando a mí el médico me dice que me tienen que ingresar de emergencia, yo llamé a Román y ni siquiera le dije que me estaban internando, sino que averiguara si podíamos renovar el seguro. El seguro había vencido, le quedaban 5 días del mes de gracia, así que logramos renovarlo, con lo que pudimos pagar el trasplante de médula, que costó casi 1 millón de dólares. Si no hubiese sido por eso, yo no estaría viva. Ahí empezó el milagro.

 

– ¿Por qué Nueva York?

 

Imagínate que fui yo quien abrió el correo con el resultado de la biopsia. Para mí eso fue peor que cuando me enteré de que tenía cáncer, porque decía que solo el 6% de los linfomas son tan agresivos y graves como el que yo tenía. Me decían que si no actuaba rápido, el linfoma volverá a afectar a mi sistema nervioso central, no responderá a la quimioterapia e iba a fallecer. Una de las recomendaciones era el trasplante de médula.

Mi doctora en Venezuela, María Alejandra Torres Vieira, una de las mejores hematólogas oncólogas del país, cuando supo que ya no podía hacer nada desde aquí, entra en contacto con el Dr Giralt, y por eso elegimos NYC, ya sabiendo que iba a recibir el trasplante de médula.

 

– Tienen que pasar muchas cosas para recibir un trasplante ¿Tenías ya alguien compatible?

 

No, gracias a Dios, mi trasplante de médula era de mí misma. Mi médula está perfecta, el problema estaba en la sangre. Cuando un paciente tiene Leucemia, es la médula la que no funciona y requieres el trasplante de otra persona. En mi caso, el trasplante fue para resetear el sistema inmunológico, empezar desde cero y así el tener el 60% de probabilidades de que las células ‘malas’ no se reproduzcan.

El proceso es durísimo, empieza con una quimioterapia casi letal, luego te colocan tus células madre y tienes que estar prácticamente aislada, yo estuve aislada por 1 año, pierdes todas las vacunas, te sientes absolutamente mal, profundamente débil y, bueno, por ejemplo, yo no pude estar con mis hijas, era una de las primeras cosas que tenía contraindicadas.

 

– ¿Cómo llevabas la espera en Caracas?

 

Recuerdo que en Caracas, cuando empezaron las quimioterapias, me pusieron un catéter interno, y cada vez que iba me tenían que encontrar el catéter para ponerme el tratamiento y yo me quejaba muchísimo, porque me dolía muchísimo, y un día una enfermera me dijo: ‘Anna, no te quejes más, hazte amiga de la aguja, hazte amiga de la quimioterapia’.

Yo le echaba agua bendita a todos los potes de quimioterapia, y entendí que la puya venía igual, el trasplante venía igual, y yo tenía dos opciones, o me lamentaba y seguía en plan de víctima, o me entregaba, y eso fue lo que hice, me entregué, que no es lo mismo que rendirse. Hay algo que dice el Dalai Lama: ‘no hay nada que te quite más energía que luchar contra algo que no puedes cambiar’, yo no podía cambiar ese diagnóstico.

 

– ¿Qué pasó en Nueva York?

 

El 1 de enero tomamos el avión, me despedí de las niñitas el 5, y aquello fue algo durísimo, en un invierno muy fuerte. Sofía lloró, no entendía nada, ya yo estaba sin pelo. Isa no lloró, pero fue mejor la que sí lo hizo, porque las emociones y los sentimientos hay que sacarlos, no hay que guardarlos. Sufrí muchísimo, fue lo más duro, además del tratamiento que fue tenaz, pero lo más duro fue estar sin ellas.

En algún momento yo sentía paz, yo sabía que estaba haciendo todo lo que estaba a mi alcance, estaba en el mejor lugar, haciéndolo todo, entregándolo todo, y yo decía ‘Dios, si me vas a llevar, llévame’ Es algo que te brota desde adentro, que te hace desesperadamente querer tener una segunda oportunidad, pero también te hace aceptar lo que estás viviendo.

 

– ¿Siempre has sido religiosa? ¿Tenías vida espiritual antes de enfermarte?

 

Siempre tuve una formación católica, estudié en colegios católicos, yo no era la niña que estaba en contra de las monjas, sino la mejor amiga de las monjas (risas), la que organizaba la misa, y elegía las lecturas. Siempre fui una niña muy dada a la religión.

Un momento que fue crucial en mi vida, que me hizo mucho daño, fue la búsqueda de bebés, ser madre. Cuando tú estás en búsqueda de bebés, te encuentras con todas las mujeres embarazadas del mundo por el camino, además, en este país que hay tanta pobreza, ver en los semáforos a niñas cargando niñas, niñas de 16 y 17 años, madres, pidiendo limosna, y yo diciendo ‘Dios mío, no es que soy millonaria, pero puedo darle una buena vida a un niño’. Todo eso me creó un conflicto bastante fuerte con mi fe, y estuve de alguna manera un tanto distanciada de la religión.

Cuando empezó todo esto, la fe es el principal bastón en el que te apoyas, además llegaron a mi personas maravillosas que me hicieron más fácil el camino. Aquí en Caracas hay una estampita de la Virgen del Perpetuo Socorro que emana aceite, un día llegó hasta mi casa una de las personas que tiene que ver con este milagro, y a partir de ahí iba siempre a los rosarios.

Por otro lado, y esto pocas veces lo he contado, ya yo sabía que me tenían que trasplantar, y a finales de 2015 me escribe una amiga para decirme que a Caracas venía un cura católico sanador, el padre Thomas, y yo, sintiéndome tan mal, ni siquiera le respondí el mensaje. Después, por otro lado, una prima me escribe también que el padre Thomas venía a Caracas, y al final recibí como 5 mensajes de personas distintas, que me invitaban a conocer al ‘sacerdote sanador’, yo estaba en ese momento con la quimioterapia más fuerte, el hecho es que decido ir.

El padre iba a estar en Caracas durante 1 semana, el lunes me conoció, le conté mi historia, volví a ir el martes, el miércoles, te juro que yo pedía con las entrañas, yo lloraba a mares en esas misas, yo pedía de rodillas. Recuerdo una misa en particular en la que casi entré a rastras de lo mal que me sentía, recuerdo que había mucha gente enferma, era tan duro y extraño pertenecer a la comunidad de enfermos, no lo entendía, era algo tan horrible En algún momento el padre me pone encima el Santísimo Sacramento y me dice ‘Ana, estás sana’, yo salí de ahí caminando, salí con fuerzas, yo era otra, yo estoy convencida de que ahí, en ese momento, Dios me hizo el milagro y me sanó.

Por eso les digo siempre a quienes me siguen que tengan fe, que pidan desde las entrañas, convencidas de que Dios es misericordioso, de que Dios es amor y bondad, y que no hay imposibles.

 

– ¿Cómo decides contar tu historia en redes sociales?

 

Durante ese proceso, cuando comenzó todo, yo tenía apenas 4000 seguidores en IG, la verdad yo no soy nada tecnológica, y yo comencé a escribir lo que vivía en el Instagram, pensaba que era algo íntimo, que no era nada, y eso comenzó a convertirse en algo viral. Ahora tengo 1,5 millón de seguidores, porque fueron conectándose con esa sinceridad, con esa honestidad, y con esa capacidad de ver y aprender. Mi necesidad era decirle a quienes me leían, que estar sana es el tesoro más grande que puedas tener.

Cuando empecé a vivir diagnóstico tras diagnóstico, fatalidad tras fatalidad, sentirte tan mal, ver tu salud tan frágil, porque el espíritu es fuerte, pero el cuerpo se destruye, se deteriora rápidamente. Yo necesitaba gritarle a la gente ‘haz una fiesta, pega gritos, si tienes salud lo tienes todo, no te lamentes por más nada’. Yo no sabía si yo iba salir de eso, y por eso ese afán de periodista de comunicar ese mensaje que estaba descubriendo a costa de mi propia vida.

 

Anna “Renacida”

 

Finalmente pasó lo peor y Anna volvió a Caracas a reunirse con sus niñas y a retomar su vida. Nos confiesa que llegó con mucho miedo, con estrés postraumático y pesadillas, pero poco a poco fue convenciéndose de que estaba sana, se lo repetía todo el día, a cada momento. Y así fue.

 

– ¿Cómo nace ‘Renacida’?

 

Bueno, recuerdo haber recibido un correo de un médico desde Maracaibo, y me pregunta si yo tenía una charla motivacional, porque tenían una celebración con la que recorrerían 5 ciudades del país y estarían muy interesados en mi charla. Yo no tenía absolutamente nada, todavía estaba sin trabajar, pero le dije: ‘Claro que tengo una charla’ (jajajaja).

Empiezo yo a armar mi charla, y un día de luz decido ponerle ‘Renacida’, porque así es como me siento, desde que volví al país y empecé a reconstruir mi vida, pero una vida distinta, porque la veo distinta, hay un dicho que dice ‘tus pensamientos son los colores con los que pintas la vida’, y mis pensamientos ahora están llenos de agradecimientos, porque lo viví, porque estoy aquí feliz, porque puedo comer, porque puedo respirar, porque puedo sentir. La vida está llena de tesoros, pero nos acostumbramos a la maravilla, nos acostumbramos al sol, a la lluvia, y nos damos el lujo de decir ‘qué fastidio que está lloviendo’, entonces toda esa maravillosa forma de ver y vivir la vida, quiero compartirla, siento que tengo un mensaje, tengo una misión de vida, que me ha asignado Dios, que ha sido tan bondadoso de darme una segunda oportunidad.

 

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